Japón

Tsugumi shishite
hane hiroguru ni
makasetari
Al morir, el tsugumi
dejó a sus alas
abrirse por última vez
...Un haiku de Seishi, como jaculatoria.



Etiquetas: violencia

Etiquetas: Toshiro Mifune
Argos fue mi chucho. Mestizo, con retazos de chow chow aquí y allá. Huraño, poco dado a manifestaciones de afecto, veleidoso, cancerbero implacable. 
Hay días en los que me siento timada. Cuando pagas por un servicio triple play que te deja sin teléfono. Cuando Hacienda te receta un aumento impositivo. Cuando pides un café y te lo dan frío. Cuando pierdes una amistad porque dejas de hacer favores. Cuando llamas al fontanero por una fuga y termina sustituyendo toda la tubería de casa en el histérico lapso de dos semanas. Cuando insistir en ser freelance te deja en el desempleo. Cuando cumples años. Cuando esperas la nueva temporada de tu serie y repiten los capítulos ya vistos. Cuando ahorras y lo ahorrado se devalúa. Cuando abandonas el cochino vicio del cigarro y no hay estímulos visibles. Cuando obras bien y te va mal. Cuando junior lleva zapatos de 800 dólares. Cuando Elba Esther Gordillo sigue infectando la educación de los niños mexicanos. Cuando el salitre estropea otra vez el costoso resanado. Cuando tu banco tarda 21 días en hacerte efectivo un depósito. Cuando el sistema de recolección de basura une los desechos que separaste. Cuando ningún partido político es democrático. Cuando compras un libro que está plagado de erratas… 

Vivir en México es habitar en la irrealidad, en una ficción permanente similar a la que se vive ‘al otro lado del espejo’ (donde la Alicia de Caroll andaba hacia atrás y en dirección contraria, y repartía primero el pastel y después lo partía… acá primero se construyen las calles y luego se planean, primero se inundan las ciudades y luego se edifican presas, primero se elige al representante popular y luego hay elecciones).
En México, durante todas las horas del día la realidad está invertida (se castiga al honrado y se premia al ímprobo, se alientan la improductividad y la lentitud, se recompensan la ineficacia y la estulticia).
Es el México de Breton, “mal despertado de su pasado mitológico”, donde el tlatoani viste los colores de un partido o las siglas de un sindicato. Un México surrealista y kafkiano (reza el sabio dicho: Si Franz Kafka fuera mexicano, sería costumbrista).
México es el reino del alogos, bajo todas sus acepciones: la no-razón, el no-orden, el no-fundamento, el no-sentido, el no-lenguaje. Aquí se vive la contradicción sin superación dialéctica, aquí la contradicción no se resuelve, es nuestro modo humano de ser en el mundo.
La casa que habitamos los mexicanos es tierra baldía. En el México del maíz se importa el grano, en el México petrolero se importa la gasolina, en el Méxicocuernodelabundancia el salario mínimo es de miseria (5 dólares diarios) -en contraste, nuestra burocracia es una de las más caras del mundo (cada uno de los 500 diputados del Congreso gana 15,000 dólares mensuales, mientras que cada uno de los 128 senadores percibe una dieta de 13,000 dólares mensuales, sin contar pólizas, aguinaldos y bonos)-. En el México del “sí se puede” la mitad de la población vive en condiciones de pobreza: uno de cada dos mexicanos “no puede.”
En el México del contrasentido, las fauces de la Secretaría de Hacienda se tragan a los que “medio sí pueden” para que el 10% de los hogares ricos entre los ricos sigan concentrando el 40% de los recursos. ¿Paga más quién más gana? En el México de la honestidad el empleado de Hacienda me confiesa: “En lo que va del año usted, con sus seis salarios mínimos, ha pagado más impuestos que un REPECO que gana 2 millones de pesos.” En el México de la desolación me hundo en la silla del módulo del SAT.
En el México de los robatodo éste es el pillaje que más duele (conocimiento de causa: me han robado el coche, la cartera, el teléfono celular, y han entrado a casa en varias ocasiones). ¿Los impuestos son el precio de vivir en una sociedad civilizada?, este Estado mexicano no devuelve a la sociedad esa extracción impositiva a través de bienes públicos -educación, servicios, justicia, seguridad, sanidad-. Una persona como yo, con actividad profesional (¿traducir los vaivenes de la economía global es una profesión?), no goza de ninguna prestación (sin patrón no tienes ni seguro social, ni infonavit, ni seguro de retiro, ni prestación por desempleo).
En el México de las palabras vacías la reforma hacendaria lleva la coletilla “Por los que menos tienen”… y yo, que estoy escasa, me atiborro de siglas que mes a mes me roban dos días laborables y me carcomen el jornal: ISR, IETU, IVA, DIOT. Es el México de los trámites, 5 declaraciones mensuales por seis salarios mínimos con una carga tributaria que se chupa el 30% de mis ingresos. En el México del revés el sistema fiscal progresivo es regresivo. En el México comprensivo a los morosos Hacienda les condona hasta un 80% de sus adeudos.
Es el México sano pero infestado de violencia y corrupción, donde los habitantes son árboles con raíces descompuestas, atacados por la analogía más cercana al gigantesco Armillaria ostoyae (ese famoso hongo responsable de la devastación de 900 hectáreas en el Bosque Nacional Malheur de Oregón): el narco, la mordida, la rapacería política, la ineptitud, el secuestro, se extienden subterráneamente. Somos comestibles, en una letal simbiosis entre hongo y planta.
Es el México donde la pesadilla de Giuseppe Tornatore Una pura formalitá encarna en cada oficina y dependencia, incluso en cada universidad. Todos los que estamos inermes frente a la ventanilla, frente al escritorio, somos Onoff, atormentados por sabe dios qué culpa disfrazada de trámite. La burocracia se erige en Inspector, con mayúsculas (Roman Polanski se inspiró en nuestros funcionarios para representar el papel), con toda su raíz latina -inspicio, fijar la mirada atentamente-.
Es el México de millones de gregoriosamsa convertidos en escarabajo pelotero y sin invitación a la fiesta de la habitación contigua donde suena el violín. Vulnerables al manzanazo que todos los días se nos incrusta en la espalda.
¿Qué hacer en el alogos? ¿Buscar un orden, un sentido?
Lo hay si recurrimos a la “ciudad infernal” de Italo Calvino, esa ciudad que -según Kublai Khan- hacía inútil todo esfuerzo humano porque se imponía como destino último: “y allí en el fondo, en una espiral cada vez más cerrada, nos sorbe la corriente.”
¿Qué respondió Marco Polo? “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.
Ah, Calvino supo definir ese magma que constituyen las ciudades, lugares de trueque…no sólo de mercancías, también trueques de palabras, deseos, recuerdos. Pero en la casa que habitamos los mexicanos el intercambio es deficitario, entregamos mucho a cambio de muy poco.
¿Aceptamos el infierno para dejar de verlo o nos entregamos a la tarea de buscar, en medio del infierno, lo que no es infierno? ¿De verdad hay ciudades felices escondidas en las ciudades infelices? ¿Una pequeña razón en la tierra del alogos?
Pertenezco a ese amplísimo grupo de personas que guardan recortes de periódicos, y al subgrupo que luego los olvida, doblados y amarillentos entre las páginas de libros o cuadernos. La única ventaja de este abandono involuntario es que, al cabo del tiempo, los artículos te salen al encuentro con su brillo intacto.
Hoy redescubrí, entre las hojas de mi libretita de caballo, una breve nota editorial del New York Times: “The best way out is through.” El título toma prestada la frase que aparece en la poesía de Robert Frost “A servant to servants”… y podría traducirse como “el mejor camino para salir es siempre a través.”
La nota narra lo siguiente: La vieja casa del ausente y admirable Frost (en Ripton, Vermont) fue invadida por una tropa de adolescentes que la usaron como guarida para beber y desmadrarse en una fría noche de diciembre. Dejaron tras su paso destrozos, vómitos, orina y cerveza. Asombrosamente, el castigo que el sistema judicial de Vermont le impuso a los jóvenes vándalos fue una lección de poesía.
Jay Parini, biógrafo de Frost y también profesor de literatura, fue invitado a aplicar el ‘correctivo’, y así se enfrentó escéptico a la tarea de enseñar el camino de la poesía al grupo de ignorantes muchachos que habían desacralizado la rústica cabaña donde Frost se había mudado para sembrar manzanas y escribir, en ese orden.
Las clases de Parini giraron en torno a la obra del propio Frost, en particular dos poemas: “The road not taken” y “Out, Out”.
(“El camino no tomado” ha sido harto analizado y tiene una larga cola de interpretaciones, personalmente prefiero aquellas que rechazan el tono moralino -elegir el camino menos transitado- y se centran más en la duda que a todos siempre nos asalta ante una bifurcación -¿por dónde? ¿cuál recorrer?-, estamos condenados a elegir siempre, pero también estamos condenados a nunca saber qué hubiera pasado de haber elegido diferente… y como estamos hechos de tiempo, también estamos condenados a una limitada actualización de posibilidades de elección. Algo de eso se respira en esa lamentación de la primera estrofa “And sorry I could not travel both”. El segundo poema -tristísimo por realista, o realista por no huir de la tristeza- narra la muerte de un niño en el difícil mundo rural, donde los niños colaboran realizando trabajo de adultos -y como adulto empuña una sierra que le cercena la mano.)
La elocuencia de ambos poemas llegó, gracias a Parini, al oído interno de los chavales. El artículo cita estas palabras del profesor: “Parecía que les habían sacudido las entrañas. Una llamada de atención: no desperdicies la vida” (Justo ahora me viene a la mente el verbo que Olga Orozco usaba para definir la función de la poesía: azuzar).
Así, la poesía no fue tanto castigo como rehabilitación, cimbrando los dañados cimientos de esos adolescentes ahora menos ignorantes. Y eso es, en definitiva, un homenaje a Frost. ¿Fueron “tocados” y “heridos” por la poesía? Eso parece sugerir Parini, y eso es lo único que a Frost le hubiera interesado.
En su ensayo “Education by poetry”, poco traducido al español a pesar de su belleza, Frost señala que todo pensamiento es metafórico (jugando incluso a descubrir metáforas en el pensamiento científico y matemático). Y agrega esta revelación: “a menos de que no habites en la metáfora, a menos de que no tengas una educación poética adecuada en la metáfora, no estás a salvo en el mundo.” La educación en la metáfora (en el lenguaje, si vamos un poco más lejos y admitimos que todo lenguaje es metafórico) es un camino -otra vez la bifurcación- para habitar el mundo sin andar perdido.
Nuestras incultas y pendencieras autoridades deberían aprender de esta curiosa ‘reeducación’ impuesta por la corte de Vermont, y aplicar de vez en vez correctivos que efectivamente cimbren los fundamentos de los transgresores. Pero pocos poemas se leen en las sobrepobladas cárceles, donde el lenguaje tampoco es libre. Lo mismo sucede en las aulas.


A Tlaltenango lo desgarró uno de sus tantos arroyos, El Jaloco, que atraviesa la ciudad de este a oeste. Cargado de las aguas que se casan infinitamente en la Sierra de Morones, el afluente destripó casas, calles, autos, animales… y ennegreció el hoy y el mañana de casi todos sus habitantes.
Llamé a P, pero la línea telefónica estaba cortada. Tampoco pude comunicarme con L y M quienes, según me dicen, se han volcado a ayudar a convecinos menos afortunados. La familia que vive en Tlaltenango está bien, todos. Tlalte, como le dicen los que conocen bien ese terruño, no se recuperará sin dejar cicatrices. No recuerdo una tragedia similar en 30 años.
Íbamos a su plaza en busca de raspados, a cenar taquitos dorados, a comer conos de cajeta en la feria de diciembre, a visitar a la familia paterna. Llegué a ir al cine y a la disco. Antes de que Internet llegara a Tepechitlán, también íbamos al ciber. En Tlaltenango eran las graduaciones de mis primos… Tepechi está a 20 minutos en carretera y soporta estoicamente esa tradicional rivalidad entre pueblos vecinos. Pero Tepechi es más pequeño, más pobre. Por eso Tlaltenango se enorgullecía de tener el único colegio privado, la única universidad -el Instituto Tecnológico Superior Zacatecas Sur con sus cuatro licenciaturas-, el único hospital y la zona comercial más activa del cañón.
Zacatecas es un estado incómodo para las estadísticas y los planes regionales. Zacatecas vive una pobreza más típica del sur siendo un estado del norte. Ese gran norte que (según dicen) tira del país, guarda justo en su centro a un estado de formas caprichosas y economía inestable. Tierra de revolucionarios y cristeros, de curas y cosechas, de desierto y nopalera. Más de la mitad de su población es rural, y su crecimiento poblacional es inferior a la media nacional porque, claro, la migración desangra a sus habitantes (su índice de intensidad migratoria lo coloca en el primer lugar nacional).
Y allí está Tlaltenango, ni siquiera entre los cinco principales municipios, pero encabezando la actividad de una zona que recoge lo que puede entre las dos capitales cercanas: Zacatecas y Guadalajara.
La tromba que inundó Tlaltenango dejó 15 mil damnificados, decenas de desaparecidos y, desgraciadamente, muertos. Entidades gubernamentales han enviado su apoyo, así como otros municipios vecinos, organizando acopio de víveres y alimentos. Los migrantes zacatecanos, a través de los clubes fundados en Estados Unidos, también colaboran.
El gobierno del Estado abrió una cuenta bancaria en Banorte para donativos económicos: número 0821020697, sucursal 821 a nombre de la Secretaría de Finanzas de la entidad. Asimismo, la Federación de Clubes Zacatecanos del Sur de California ofrece una cuenta en una institución norteamericana.
(Autoría de la imagen: Guillermo Tapia/El Sol de Zacatecas)
Etiquetas: Tlaltenango

Sanlúcar de Barrameda significó un año de intensos descubrimientos, de alguna manera estar allí me hacía sentir cerca de América, de allí partió Colón en su tercer viaje y Magallanes en su primer viaje de circunnavegación. Su puerto fue, en algún momento, una vena que comunicaba a ambos continentes.
En Sanlúcar viví, por primera vez, junto a un río. Y no cualquier río, sino ese que muere en la gran boca del Atlántico, el que va “corriendo al mar entre vergeles” -como diría Antonio Machado-: el Guadalquivir. A lo lejos, el parque de Doñana, una de las reservas naturales más importantes de Europa, se quedó siempre como una promesa, un deseo metido en el cuerpo, nunca crucé en barca, nunca busqué las ruinas del templo fenicio dedicado a Astarté (que apoya la teoría de que Sanlúcar es ese Luciferi Fanum mencionado por el griego Estrabón). Sanlúcar inició mi virgen paladar a un fruto bivalvo que desconocía: las coquinas.
También descubrí un cafecito idílico, su calefacción en el invierno y sus frescos muros en los duros veranos andaluces eran una invitación al visitante pobre: por un par de euros podía pasar la tarde allí, clavada en un cómodo sillón y con una pequeña biblioteca abierta al lector ocasional. La cafetería, la casa palacio donde ésta estaba, los libros y casi toda la historia antigua de Sanlúcar le pertenecían a alguien: Luisa Isabel Álvarez de Toledo, duquesa de Medina Sidonia.
Usar aquí el verbo “pertenecer” es lo más cercano y a la vez lo más contradictorio que pueda decirse de la duquesa. Su casa era propiedad de todos, no sólo abría sus puertas a los que, como yo, buscábamos un lugar tranquilo y un café. Abría su casa a cualquiera que quisiera pasear por sus viejos pasillos, husmear las antigüedades. Sus salones principales alojaban a estudiantes y académicos que se daban cita allí una vez al año para realizar cursos (la UNED me sedujo entonces con un curso titulado “Claves del pensamiento europeo contemporáneo”). Y, lo más importante, abría el archivo de la casa ducal (el archivo privado más importante de Europa) a todo amante de la historia. Reacia a dejar ese histórico acervo en manos gubernamentales o de instituciones elitistas, lo dirigió siempre bajo un principio, el de la generosidad. Ella y el archivo estaban al alcance de cualquiera.
Me gustaba verla por allí, delgada y fumadora, paseando sus años, sus conocimientos y su rebeldía: a pesar de su origen aristocrático su vida estuvo marcada por ideales republicanos, y su lucha antifranquista y la defensa de los campesinos tras el accidente nuclear de Palomares le valió la cárcel en los 60s. La publicación de su novela “La Huelga” la expuso a otro proceso bajo un juzgado militar. Su alias es más elocuente que cualquier dato: La Duquesa Roja.
Nada de ese pasado, que hubiera enorgullecido a cualquier librepensador y a tantos y tantos socialistas que hoy se cuelgan medallas, se reflejaba en su trato. Era amable, tímida y, sobre todo, humilde. Nunca la escuché hablar de sí misma, pero sí de las mentiras que el mundo daba por ciertas, rechazaba las historias oficiales y los mitos históricos. Quizá me aventure mucho en decir esto, pero creo que le gustaba la reacción perpleja de las personas cuando soltaba algún dato que contradecía una verdad asumida como absoluta. Tenía vocación de azuzadora, en el mejor sentido socrático.
Me parecía que irritaba a la nobleza tanto como a los círculos de historiadores, por su vida y sus afirmaciones controvertidas. Sin embargo, esa misma condición de marginalidad le concedía un status diferente, una libertad sin límites.
Esta mujer estudiosa, crítica y contestataria murió hace unas semanas. En su féretro yacía, según leí, con un libro entre las manos: “Obras Completas de Manuel y Antonio Machado”. Así, acompañada por dos amantes del Guadalquivir, se despidió la duquesa de Medina Sidonia, princesa de Montalbán, marquesa de Villafranca del Bierzo, marquesa de Los Vélez, tres veces grande de España, tres veces grande de España, tres veces grande de España.
Las homilías de L. H. eran la única razón que me llevaba a misa los domingos, cuando la liturgia aún tenía algo de sentido. Tras las lecturas de los textos bíblicos, crípticos por su naturaleza, el padre H. iniciaba una explicación inaudita: contextualizaba en su historicidad los acontecimientos, ofrecía vívidas descripciones de la geografía de Israel, hacía filología y hermenéutica delante de nuestros ojos. Se desplazaba entre los diferentes horizontes para traernos la comprensión de algo añejo y distante. Fue allí donde por primera vez, cuando niña, aprendí sobre los orígenes del conflicto israelí-palestino, fue allí donde se me reveló el poder de las metáforas y las alegorías. El padre H. hablaba sobre el significado del “olivo” en los diferentes textos sagrados, sobre las grandes catedrales europeas, sobre las culturas extranjeras. Asistir a misa era asistir a una clase de historia (historia de las religiones, historia del arte, historia de las culturas), a una lección de teología y geografía unidas por el amor a Dios y al mundo.
Cierta vez, en casa, L. H. nos contó que, habiendo recorrido muchas partes del mundo y visitado tantas y tantísimas iglesias y catedrales católicas, descubrió un santuario donde la presencia de lo sagrado era aplastante, donde comunicarte con Dios era mucho más sencillo, un templo que ofrecía la tranquilidad y la atmósfera necesarias para poder escucharlo… curiosamente, se trataba de un templo budista. Así era el padre H., abierto a la escucha de Dios sin prejuicios, sin juzgar si la voz provenía de una piedra, un libro, un paisaje, una catedral o un templo budista.
L. H. falleció en un accidente de coche. Lo echo de menos, creo que sería el único sacerdote al que acudiría hoy, hoy que no hay fe ni liturgia que me muevan a objetar el argumento de Ivan Karamazov de “devolver el billete.”
Hace unos días estuve en la biblioteca del padre, o lo que queda de ella. Pude hojear sus libros (la mayoría de sus años estudiantiles), fechados en París, en Bruselas, en México. Algunos estaban subrayados, con notas al margen, con pequeños boletitos del metro parisino intercalados en sus páginas, con folios de cuaderno explicando o citando algún pasaje. Libros en latín, en griego, en francés, en italiano, en español, en inglés… el padre era políglota. Tenía a Karl Rahner, pero también tenía a Borges y a Shakespeare. Ahora estoy a la espera, unas manos generosas me han prometido entregarme algunos de estos libros. Será un obsequio valioso, inmerecido, infinitamente agradecido.

K. tiene diabetes.
K. aún no cumple 4 años, desde hace tres años recibe insulina inyectada. Sus amorosos padres miden sus niveles de glucosa en la sangre tres veces al día, tres veces al día también recibe su dosis, esa que sustituye la deficiencia de sus células beta.
K. llora siempre que le pinchan los deditos, aunque sus padres llevan un religioso conteo rotatorio (en la mañana el pulgar, en la tarde el índice, en la noche el corazón, en la mañana del día siguiente el anular, luego el meñique y, por la noche, cuando ya no quedan más dedos de la mano derecha, toca el pulgar de la izquierda… así siempre).
K. hace cosas enternecedoras: cuando observa que alguien bebe refresco “light” pregunta “¿la tienes altita?”. A veces, cuando le prohíben comer algo que desea, comienza a saltar y pide en voz queda “bájate, bájate, bájate” como si la glucosa pudiera írsele a los pies, literalmente bajar.
K. aprende palabras nuevas con una habilidad pasmosa, canta, ríe, juega, llora, charla y, de vez en cuando, se siente enferma. Sus cambios de humor son asumidos en casa como los cambios del clima, no todos los días son soleados, pero el sol, aunque no se vea, está allí.
K. sufrió un coma diabético hace tres años pero, afortunadamente, K. vive en un país en desarrollo y tiene una familia dispuesta a peregrinar a hospitales, pediatras, endocrinos y asociaciones. Hay otros niños, miles, que ya no están aquí para aprender nuevas palabras.
K. es una luchadora, una lección para todos los que la conocemos y amamos.
K. es la niña de nuestros ojos, la única niña en una casa de adultos. Su mirada (plagiando a Pessoa) es tan nítida como la de un girasol.
Etiquetas: Diabetes infantil

Cuando se me pidió que presentara “Homofobia” de Fernando del Collado, sentí una responsabilidad poco grata, porque este es un libro que no se deja reseñar, como no se pueden reseñar la impotencia y la apatía. Pero, al mismo tiempo, porque no se trata de un libro fácil, porque sus páginas exigen al lector una gran dosis de entereza para no soltarlo vencidos por el dolor y la frustración, hablarles de él, del libro, me supuso un reto inestimable, pues me permite contribuir de alguna manera a la difusión de este valioso trabajo de investigación que, lejos de ser sólo una “ofrenda solidaria en memoria de las víctimas de la homofobia” como el propio Fernando lo califica, sus páginas se convierten en una denuncia clara, abierta, dura y pública contra el fracaso de nuestra sociedad en aceptar al otro, a los que ejercen una sexualidad que desafía los moralismos imperantes, y es, sobre todo, una denuncia contra el fracaso de nuestras autoridades a la hora de tratar con justeza –no ya la vida- sino la muerte, de los homosexuales.
Los dos poemas que abren la lectura son, por sí mismos, una declaración de principios. Fernando eligió a Eugenio Montale, ese poeta italiano que dio voz a la crisis del hombre contemporáneo y que hospedaba en su casa a escritores perseguidos por la inquina fascista en la Segunda Guerra Mundial; y eligió también a Arthur Rimbaud, el poeta maldito, el proscrito. Así, este libro cobija, con nombres y apellidos, a seres desterrados de la justicia, Fernando los trae de vuelta, como una punzante herida que nos debe sangrar a todos.
“Homofobia, odio, crimen y justicia” documenta los crímenes contra homosexuales con el celo, la dedicación y la sensibilidad que no tuvieron las propias autoridades policiales para indagar los asesinatos de esta minoría vulnerada hasta en la muerte.
El desprecio, la anulación, el rechazo, la discriminación, la impunidad, el odio, el desinterés, la indiferencia, la estigmatización y el miedo dejan de ser conceptos para convertirse, tristemente, en realidades que se cobran víctimas inocentes. Y cerrando esa cadena de brutal animadversión, la pesada losa del olvido. Contra eso se levantan estas páginas, Fernando no sólo recupera la memoria de los olvidados, de sus deudos, la voz de madres y amantes huérfanos, de familias rotas; también -y esa es la más valiente contribución de esta edición- nos abre los ojos ante situaciones que preferiríamos desconocer, porque una vez sabidas, nos sobreviene una muda culpa y la urgencia impostergable de actuar.
El libro es una ventana a la homofobia institucional, legal, judicial, que deja latir en el subsuelo una homofobia social y cultural que permea nuestro mundo mexicano abotargado de prejuicios –y aquí Fernando escribe sin concesiones-: “A los homosexuales se les prejuzga de origen. El serlo ya es condenable, pareciera como si el tener una orientación sexual diferente fuera en sí mismo un delito y su asesinato no fuera sino la consecuencia de esa ‘degeneración’.”
No voy a repetir aquí las vergonzantes cifras, este libro humaniza cualquier estadística. El porcentaje de los crímenes que permanecen impunes roza lo inverosímil; pero más sorprendente aún, si cabe admirarse ante este panorama tan desolador, es la férrea voluntad judicial de etiquetar estas muertes como “crímenes pasionales” en un indignante intento simplificador que les ahorra muchas pesquisas y diligencias. El crimen se minimiza y termina por perder toda la violencia y la aversión que lo originaron. Tipificar los crímenes de odio en el Código Penal federal es una exigencia que empapa cada una de las líneas de este texto.
Reconocer los crímenes de odio es reconocer que en México se comenten agresiones, delitos y crímenes cuyas víctimas están señaladas de antemano por su orientación sexual, género, religión, raza y discapacidad física entre otras categorías. Estas minorías son ignoradas por nuestra legislación. Así, el sistema jurídico se une al sinnúmero de exclusiones que determinan sus vidas. Fernando descorre el velo de los llamados “crímenes pasionales” para mostrarnos la saña, la tortura, las vejaciones que caracterizan las muertes por homofobia.
Hay que decirlo, tipificar el crimen de odio les devolvería a las víctimas algo de la dignidad que les fue arrebatada, pues esta minoría sexual no sólo vive una vida sometida a prejuicios, también las causas de su muerte se prejuzgan, se juzgan de antemano contribuyendo a una doble condenación: por su manera de vivir y por su manera de morir.
La imagen que Fernando nos ofrece de las oficinas centrales de la procuraduría capitalina, que aloja el archivo central de los expedientes judiciales, donde centenares de averiguaciones previas se amontonan en el suelo, carpetas apiladas en los pasillos, arrinconadas en los escritorios, olvidadas en las estanterías… esta imagen es una negra analogía de la situación que viven los homosexuales: igualmente arrinconados, olvidados, postergados sus derechos.
Fernando realizó un recorrido por la vida de algunas de las víctimas y de sus verdugos, por el aciago camino de las averiguaciones previas plagadas de prejuicios, de lagunas, de omisiones, de incapacidad e incompetencia. Él ha hecho el trabajo sucio, ha estado donde nadie antes había estado, desafió las trabas burocráticas y se sumergió en el mar de expedientes que develaban, para cualquier ojo adiestrado en la defensa de los derechos humanos, la desgana y la apatía en los procesos cuando el victimado se trataba de un homosexual. Ahora nos toca a nosotros hacer otro tipo de trabajo: una reflexión profunda sobre el desempeño de nuestras autoridades a la hora de esclarecer los crímenes por homofobia, tomar grave conciencia del desamparo en que se encuentran estas minorías, frente a la ley, frente al resto de una sociedad que tolera e incluso promueve la violencia contra las minorías, donde la discriminación se practica desde los poderes institucionales y desde los poderes fácticos como lo son la Iglesia, los medios de comunicación, la opinión pública y los partidos políticos.
De poco servirá impulsar reformas legislativas si la discriminación sigue presente en nuestros hogares, si la sociedad no amplía su concepción de las relaciones humanas, si seguimos sancionando la diversidad. Los mexicanos necesitamos reconciliarnos con nuestro cuerpo, aceptar la existencia y el ejercicio de un eros libre de implicaciones negativas, debemos buscar la realización de aspectos vitales de la libertad –como es el ejercicio de nuestra sexualidad- sin sufrimiento, pues, como afirma el filósofo francés Michel Onfray: somos soberanos de nuestro cuerpo, y eso es, quizá, lo único que nos pertenece cabalmente.
Este reportaje ensayístico viene a azuzarnos, abre una pregunta que no puede, no debe dejarnos impávidos: ¿Qué estamos haciendo para detener estas brutales vejaciones? ¿Qué estamos haciendo para erradicar el mal –no de la homosexualidad, como algunos lo llaman- sino el de la intolerancia? El odio se cobra muchas víctimas.
Sin embargo, dentro de este escenario pesimista, este libro es también un reconocimiento a la épica labor de algunas organizaciones como Aquesex (cuya dedicación para educar en la sexualidad es invaluable), el colectivo Sol y el ENAH (esforzados en recabar los testimonios de vida de los homosexuales), la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia y otras dependencias pro derechos humanos que no han cesado en su labor de marcar la diferencia.
Tengo el honor de conocer a Fernando del Collado desde hace años, sé que tuvo que acallar el dolor de documentar la impunidad para poder hacerla pública. No puedo imaginarme el catártico proceso que vivió al escribir este libro, creo que él mismo desconoce el alcance que su trabajo tiene y hasta qué punto la lectura de su libro modificará las preconcepciones de muchos y, si se abren cielos más claros, promoverá y alimentará la discusión de temas acuciantes. Gracias Fernando, por tu profesionalidad, por tu escritura, por las horas de investigación, por los testimonios, por ofrecernos –creo que por primera vez en el país- un libro que documenta los crímenes por odio y, sobre todo, gracias por pelear contra el olvido.
Etiquetas: Fernando del Collado