16.3.11

Japón



Tsugumi shishite
hane hiroguru ni
makasetari


Al morir, el tsugumi
dejó a sus alas
abrirse por última vez



...Un haiku de Seishi, como jaculatoria.
"Ese pájaro está muerto, y sin embargo hace un movimiento. El poeta no lo esperaba y eso quiebra su pequeño mundo de certezas (vivo = móvil, muerto = inerte…). Seishi sabe que un movimiento es objeto de una voluntad. Pero ya sólo hay un cadáver ante él. Los muertos no tienen voluntad; la voluntad tuvo, por tanto, que ser previa a la muerte. En este punto concreto reside el acierto del haiku: en la elección del verbo principal. Makaseru es, en su sentido más primario, “confiar a alguien algo”. La frase hane hiroguru ni makasetari significaría literalmente “confió a sus alas el encargo de abrirse”. Tras la muerte del pájaro, todo el peso de la responsabilidad recae en las alas. Las alas deben abrirse por última vez. Ya sin cielo, sin vuelo. Por cumplir su instinto hasta el final, por apurar la condición de pájaro."
*Comentado por Vicente Haya, mi maestro

3.3.11

Roto


Antes solía recortar la caricatura social o política que aparecía en los periódicos, la que me impactaba por condensar en una imagen la problemática social, el evento de actualidad (E. sigue haciéndolo, colecciona las de El Roto, monero que publica en El País). Esa narrativa visual, “visión binócula del mundo” diría Gil de Vicario en 1920, tiene la cualidad de reflejar la realidad, si bien algunas veces distorsionándola o exagerándola. Hace poco encontré en el diario Público-Milenio otro tipo de tira, ya sin sátira ni humor, sino cruda. Estos monitos tienen una mezcla extraña de candor y brutalidad, si cabe.


El primero recomienda tirarse al suelo y alejarse de puertas y ventanas en caso de balacera (innumerables en la ciudad).



El segundo aconseja arrojarse al piso del auto y proteger a los menores con el cuerpo en caso de narcobloqueo (la ciudad ya sufrió una decena).





Esta tira refleja, con esas curiosas imágenes y el texto que las acompaña, el día a día de los mexicanos, mejor que cualquier artículo de opinión, nota roja o editorial.

Etiquetas:

15.11.10

Ánimas y Toshiro Mifune


El zapping a veces obsequia joyas inesperadas. Hace mucho tiempo tropecé con los últimos minutos de una cinta en blanco y negro cuya escena final se desarrollaba en lo que me pareció Monte Albán. La representación que ofrecía del mundo indígena no era muy afortunada, perpetuaba ciertos estereotipos desfavorables para esa entelequia denominada “el indio” (avidez de alcohol, gusto por la violencia y el rencor, las entrañas como razón última), pero el protagonista tenía ‘un algo.’ Ese rostro… carajo, ese rostro. Cuando terminé de ver “Ánimas Trujano: el hombre importante” (en la programación de megacable, sí) San Google me arrojó el nombre del protagonista a la cara: Toshiro Mifune. Las ropas me engañaron, la voz también, verosímil y extraño doblaje. Hay varias versiones sobre cómo el japonés Mifune consigue hablar en español, que si aprendió de memoria sus diálogos gracias a una cinta grabada y arrancaba de su garganta la misma fonética, que si Narciso Busquets le prestó su voz y el actor se limitó a mover los labios. Lo interesante, además de ver a Mifune ensombrerado, es asumir que en la miseria de Ánimas está encerrado el drama de una sociedad empobrecida. Ánimas convence.

¿Cómo pudo ocurrírsele a Ismael Rodríguez, el director de la cinta, incluir en el casting a Mifune? Mifune era ya, a inicios de los 60s (cuando filma bajo la batuta de Rodríguez), un actor consagrado del cine japonés, el favorito de Akira Kurosawa, que llevaba más de una década trabajando con él (Rashomon, Los siete samuráis y Trono de Sangre, nomás). ¿Por qué meterlo en el cuerpo de un indio zapoteca?
Cuando charlaba con J. Campos (quien hace muchos años nos acercó generosamente al cine de Kurosawa) sobre el impacto de ver a Mifune con gabán y traje bordado, me dijo que por momentos el actor no podía ocultar su fuerte “pasado samurái,” por lo que Ánimas, a veces, asumía posturas corporales más cercanas al guerrero antiguo que al indígena. Cierto, la música también tiene ciertos toques… y la fotografía, a cargo de Gabriel Figueroa (el mismo que fue premiado en Cannes y Locarno por María Candelaria, en Karlovy Vary por Río Escondido, el mismo que hizo Los Olvidados).


Ánimas: ¿Cómo se hace grande un hombre?
Compadre: Dando cosas buenas
Ánimas: Sí es bueno… Me costó mucho dinero.
Compadre: Usté quiere mercar respeto, y eso no se puede.
Ánimas: ¿Por qué no? Si ahora soy grande.
Compadres: ¿Usté? Siempre ha sido chaparro por dentro.

Etiquetas:

20.5.10

Argos

Argos fue mi chucho. Mestizo, con retazos de chow chow aquí y allá. Huraño, poco dado a manifestaciones de afecto, veleidoso, cancerbero implacable.

Buen guardián, como si hubiera leído en la República de Platón que debía ser ligero, combativo y naturalmente filósofo (feroz con lo extraño y amable con lo familiar, entrañando asombrosamente dos cualidades opuestas).

Fue un cachorro de no-demasiada-compañía, luego un chucho “sin más intimidad que la precisa.” Lloraba por una sola razón: thunder and lightning. Tenía 14 o 15 años, perdí la cuenta. Nunca conseguí domesticarlo del todo, en cambio, el chucho me domesticó por completo.

Cierto, Argos nunca llegó a tener actitudes proposicionales (propotitional attitudes) -creencias, deseos, intenciones- como se lo exigía Donald Davidson para considerarlo “animal racional.” Sin lenguaje, su patrón de conducta no era complejo, no arrastraba esa red de relaciones necesaria para pensar. Pero… me da la gana atribuirle cierto pensamiento intraducible, así como a otros les da la gana un dios incognoscible.

Lo nombré Argos en honor al original perro homérico, el que envejecido, esperaba el regreso de Ulises. Ese pasaje de la Odisea es conmovedor (canto XVII), el chucho no sólo no olvida, sino que distingue a Ulises pese al disfraz que Palas Atenea le fabrica. Asombra la espera, pero también la capacidad de recordación de Argos (ese recordari latino, unión de re y cordis, Ulises de nuevo pasa por su corazón). Reconoce al “irreconocible” ¿pero qué rasgo, qué esencia o accidente pudo identificar Argos? Aconsejado por la diosa, Ulises renunció a su piel, a su rubia melena, a sus hermosos ojos. ¿Cómo pudo saber el chucho que bajo ese artificio se escondía Ulises? El viejo chucho mueve la cola, lo saluda de lejos, deja caer las orejas, y muere.

Argos lengua negra.

Los años y el cáncer, la jeringa eutanásica de S.

Mi perro ha muerto, escribió Neruda, “Ahora él ya se fue con su pelaje, su mala educación, su nariz fría.”

12.4.10

Barril y Barral



Hay días en los que me siento timada. Cuando pagas por un servicio triple play que te deja sin teléfono. Cuando Hacienda te receta un aumento impositivo. Cuando pides un café y te lo dan frío. Cuando pierdes una amistad porque dejas de hacer favores. Cuando llamas al fontanero por una fuga y termina sustituyendo toda la tubería de casa en el histérico lapso de dos semanas. Cuando insistir en ser freelance te deja en el desempleo. Cuando cumples años. Cuando esperas la nueva temporada de tu serie y repiten los capítulos ya vistos. Cuando ahorras y lo ahorrado se devalúa. Cuando abandonas el cochino vicio del cigarro y no hay estímulos visibles. Cuando obras bien y te va mal. Cuando junior lleva zapatos de 800 dólares. Cuando Elba Esther Gordillo sigue infectando la educación de los niños mexicanos. Cuando el salitre estropea otra vez el costoso resanado. Cuando tu banco tarda 21 días en hacerte efectivo un depósito. Cuando el sistema de recolección de basura une los desechos que separaste. Cuando ningún partido político es democrático. Cuando compras un libro que está plagado de erratas…

Hace un año escribí a Barril y Barral, una editorial española que se atrevió con Arthur Rimbaud, publicando en español la correspondencia del poeta. Con la vergüenza del pobre y el orgullo del lector, les dije que su libro “Arthur Rimbaud. Prometo ser bueno: cartas completas” estaba cargado de errores (el nombre del propio Arturito mal escrito en la página 16, omisiones de acentos, de letras, fallos en la puntuación, en el uso de mayúsculas y minúsculas, faltas gramaticales y un amargo etcétera), pero además, además, me había supuesto un gasto oneroso -en euros- para mi magro bolsillo mexicano. Barril y Barral me timó, dos veces. Pues tras advertirles que la edición provocaba lágrimas de gramatista, la editorial me respondió que la segunda edición corregida estaba ya preparándose y sin falta, si les proporcionaba mi dirección, me la harían llegar a casa. Crédula.

4.2.09

Traduttore, traditore

Recién finalizó mi colaboración con CNNExpansión. Traducir para el portal financiero supuso una lluvia de aprendizaje constante, palabra a palabra, todos los días, desentrañando las tripas de la economía (ora en voz de Colin Barr, David Goldman, Anne Fisher, Jeanne Sahadi, Paul R. La Monica o Geoff Colvin, los de cajón).

Diccionarios especializados y algunas horas de estudio para poder comprender el lenguaje que nombra una realidad que nos ha llevado al carajo (llevo meses volcando al español, con la misma cautela, suaves preludios para la “R word”, Recesión…desaceleración, ralentización, debilidad económica, escaso crecimiento, espiral descendente…), tan cerca y tan lejos de los de a pie.

Solía despertarme con las noticias de CNN para adivinar el tema que tendría la traducción de ese día (ah, ya cayó Lehman, AIG, oohh, las automotrices gringas, el rescate, desplome en las bolsas, Maddoff, Steve Jobs). Comencé a tomarle el gustillo a la economía, prefería traducir sobre eso que sobre viajes al Amazonas, novedades tecnológicas o autos híbridos.

Echaré de menos la urgencia de la entrega, el reto de trasvasar con claridad, verter sin tanta pérdida, la “negociación” como la llama Umberto Eco. Echaré de menos la desprestigiada literatura de periódico, el estilo argumentativo del periodismo de opinión norteamericano.

Vale. Ya no traduzco economía, volveré a los días en los que sólo interpretaba las monedas en mis manos.

5.12.08

Wallraff, el infiltrado


El domingo, a las 8.30 de la mañana (un horario muy alemán para nuestros cuerpos mexicanos), estábamos citados para desayunar con Günter Wallraff gracias a la mediación del Instituto Goethe.

Mi carácter excitable había hecho ya estragos con mi mandíbula desde días antes (apretaba los dientes mientras leía Cabeza de turco, los apretaba mientras tomaba notas de El periodista indeseable -"Durante 8 horas he sido uno de los mecanismos de la cadena, ahora quiero volver a ser un hombre"- mientras imaginaba que alguien reconocería mi condición de infiltrada -mi título claramente lo dice: fi-lo-so-fí-a).

Pero finalmente allí estábamos, un petit comité que, entre chilaquiles y frijoles, escuchamos a Wallraff contar algunas de sus 'travesuras'. Respondía a todas nuestras preguntas y daba lecciones de modestia sin saberlo. He aquí a un hombre que se preparó durante 10 años para encarnar, lo más fielmente posible, a un turco inmigrante. He aquí a un hombre cuya obra ha vendido más de 5 millones de ejemplares y ha sido traducida a más de 30 idiomas, y no se conduce como una celebridad (¿será su condición de monje periodista?) ni habla como si estuviera sentando cátedra.

Un hombre delgado, ágil, lleno de esa cosa llamada consciencia social y de ganas de seguir haciendo lo que mejor sabe: quitar máscaras (aunque para conseguirlo tenga que ponerse una, método que muchos critican, quizá por envidia).

Van las líneas que redacté para el portal, sin que las hayan publicado aún:

Si el periodismo encubierto tuviera que definirse con dos palabras, estas serían "Günter Wallraff", el nombre de pila del periodista alemán que se inventa múltiples alias para infiltrarse, literalmente, en el engranaje de la máquina que investiga.

La máquina puede ser una fábrica, una cadena de supermercados, una planta automotriz, la redacción de un diario o un call center, estructuras que Wallraff disecciona desde su interior para desvelar las precarias condiciones laborales de los empleados, las vejaciones e injusticias, la discriminación, la explotación o la mentira.

Este "periodista indeseable" está en México, visitando en esta ocasión la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara. Sus libros, por lo demás, no necesitan publicitarse, son ya textos clásicos del periodismo de investigación, siendo Cabeza de turco quizá el más representativo.

La FIL está llena de periodistas, pero pocos como Wallraff, dispuesto a dejar su propia identidad para asumir la voz de los otros, de los más vulnerables. "Si pudiera hablar español, viviría en México el resto de mi vida" afirma, azuzado por la realidad de un país donde los sectores vulnerables tienen contadas voces que narren sus cuitas.

A sus 66 años y tras todo lo vivido (enjuiciado innumerables veces por las revelaciones de sus investigaciones, encarcelado y torturado en la Grecia de Gizikis y expulsado de Moscú por su interés en las violaciones de los derechos humanos en Chechenia, retado por problemas de salud) su capacidad de indignación sigue intacta. "Se trata de un sentido de responsabilidad, pero también lo que hago me divierte, es divertido desenmascarar a los poderosos" explica Wallraff.

En el fondo, se intuye que lo que mueve a este praedicator veridicus es la romántica creencia de que el periodismo puede servir como arma para cambiar al mundo. La creencia deja de ser romántica cuando, efectivamente, la opinión pública comienza a exigir cuentas gracias a la publicación de sus investigaciones, nunca basadas en el "se dice", sino recogidas de primera mano.

"Cuando trabajo y me expreso en tanto que periodista y escritor, jamás lo hago de oídas, de segunda mano (...) el que vive y siente algo en su propia carne saca sus conclusiones mucho más rápidas y decisivas que si solamente ha escuchado o leído algunas informaciones a ese respecto", se lee en su obra El periodista indeseable.

La humildad le impide ver que quedan pocos como él, periodistas armados de sensibilidad social, atentos a la desigualdad imperante y dispuestos a infiltrarse en los mecanismos del engranaje para denunciarla. Es un hombre sencillo, con un talante que recuerda al de un misionero. Quizá por eso no nos sorprende que, en su época de juventud, considerara recluirse del mundo en un monasterio.

6.10.08

Ay México


Vivir en México es habitar en la irrealidad, en una ficción permanente similar a la que se vive ‘al otro lado del espejo’ (donde la Alicia de Caroll andaba hacia atrás y en dirección contraria, y repartía primero el pastel y después lo partía… acá primero se construyen las calles y luego se planean, primero se inundan las ciudades y luego se edifican presas, primero se elige al representante popular y luego hay elecciones).

En México, durante todas las horas del día la realidad está invertida (se castiga al honrado y se premia al ímprobo, se alientan la improductividad y la lentitud, se recompensan la ineficacia y la estulticia).

Es el México de Breton, “mal despertado de su pasado mitológico”, donde el tlatoani viste los colores de un partido o las siglas de un sindicato. Un México surrealista y kafkiano (reza el sabio dicho: Si Franz Kafka fuera mexicano, sería costumbrista).

México es el reino del alogos, bajo todas sus acepciones: la no-razón, el no-orden, el no-fundamento, el no-sentido, el no-lenguaje. Aquí se vive la contradicción sin superación dialéctica, aquí la contradicción no se resuelve, es nuestro modo humano de ser en el mundo.

La casa que habitamos los mexicanos es tierra baldía. En el México del maíz se importa el grano, en el México petrolero se importa la gasolina, en el Méxicocuernodelabundancia el salario mínimo es de miseria (5 dólares diarios) -en contraste, nuestra burocracia es una de las más caras del mundo (cada uno de los 500 diputados del Congreso gana 15,000 dólares mensuales, mientras que cada uno de los 128 senadores percibe una dieta de 13,000 dólares mensuales, sin contar pólizas, aguinaldos y bonos)-. En el México del “sí se puede” la mitad de la población vive en condiciones de pobreza: uno de cada dos mexicanos “no puede.”

En el México del contrasentido, las fauces de la Secretaría de Hacienda se tragan a los que “medio sí pueden” para que el 10% de los hogares ricos entre los ricos sigan concentrando el 40% de los recursos. ¿Paga más quién más gana? En el México de la honestidad el empleado de Hacienda me confiesa: “En lo que va del año usted, con sus seis salarios mínimos, ha pagado más impuestos que un REPECO que gana 2 millones de pesos.” En el México de la desolación me hundo en la silla del módulo del SAT.

En el México de los robatodo éste es el pillaje que más duele (conocimiento de causa: me han robado el coche, la cartera, el teléfono celular, y han entrado a casa en varias ocasiones). ¿Los impuestos son el precio de vivir en una sociedad civilizada?, este Estado mexicano no devuelve a la sociedad esa extracción impositiva a través de bienes públicos -educación, servicios, justicia, seguridad, sanidad-. Una persona como yo, con actividad profesional (¿traducir los vaivenes de la economía global es una profesión?), no goza de ninguna prestación (sin patrón no tienes ni seguro social, ni infonavit, ni seguro de retiro, ni prestación por desempleo).

En el México de las palabras vacías la reforma hacendaria lleva la coletilla “Por los que menos tienen”… y yo, que estoy escasa, me atiborro de siglas que mes a mes me roban dos días laborables y me carcomen el jornal: ISR, IETU, IVA, DIOT. Es el México de los trámites, 5 declaraciones mensuales por seis salarios mínimos con una carga tributaria que se chupa el 30% de mis ingresos. En el México del revés el sistema fiscal progresivo es regresivo. En el México comprensivo a los morosos Hacienda les condona hasta un 80% de sus adeudos.

Es el México sano pero infestado de violencia y corrupción, donde los habitantes son árboles con raíces descompuestas, atacados por la analogía más cercana al gigantesco Armillaria ostoyae (ese famoso hongo responsable de la devastación de 900 hectáreas en el Bosque Nacional Malheur de Oregón): el narco, la mordida, la rapacería política, la ineptitud, el secuestro, se extienden subterráneamente. Somos comestibles, en una letal simbiosis entre hongo y planta.

Es el México donde la pesadilla de Giuseppe Tornatore Una pura formalitá encarna en cada oficina y dependencia, incluso en cada universidad. Todos los que estamos inermes frente a la ventanilla, frente al escritorio, somos Onoff, atormentados por sabe dios qué culpa disfrazada de trámite. La burocracia se erige en Inspector, con mayúsculas (Roman Polanski se inspiró en nuestros funcionarios para representar el papel), con toda su raíz latina -inspicio, fijar la mirada atentamente-.

Es el México de millones de gregoriosamsa convertidos en escarabajo pelotero y sin invitación a la fiesta de la habitación contigua donde suena el violín. Vulnerables al manzanazo que todos los días se nos incrusta en la espalda.

¿Qué hacer en el alogos? ¿Buscar un orden, un sentido?

Lo hay si recurrimos a la “ciudad infernal” de Italo Calvino, esa ciudad que -según Kublai Khan- hacía inútil todo esfuerzo humano porque se imponía como destino último: “y allí en el fondo, en una espiral cada vez más cerrada, nos sorbe la corriente.”

¿Qué respondió Marco Polo? “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

Ah, Calvino supo definir ese magma que constituyen las ciudades, lugares de trueque…no sólo de mercancías, también trueques de palabras, deseos, recuerdos. Pero en la casa que habitamos los mexicanos el intercambio es deficitario, entregamos mucho a cambio de muy poco.

¿Aceptamos el infierno para dejar de verlo o nos entregamos a la tarea de buscar, en medio del infierno, lo que no es infierno? ¿De verdad hay ciudades felices escondidas en las ciudades infelices? ¿Una pequeña razón en la tierra del alogos?

27.8.08

Justicia poética


Pertenezco a ese amplísimo grupo de personas que guardan recortes de periódicos, y al subgrupo que luego los olvida, doblados y amarillentos entre las páginas de libros o cuadernos. La única ventaja de este abandono involuntario es que, al cabo del tiempo, los artículos te salen al encuentro con su brillo intacto.

Hoy redescubrí, entre las hojas de mi libretita de caballo, una breve nota editorial del New York Times: “The best way out is through.” El título toma prestada la frase que aparece en la poesía de Robert Frost “A servant to servants”… y podría traducirse como “el mejor camino para salir es siempre a través.”

La nota narra lo siguiente: La vieja casa del ausente y admirable Frost (en Ripton, Vermont) fue invadida por una tropa de adolescentes que la usaron como guarida para beber y desmadrarse en una fría noche de diciembre. Dejaron tras su paso destrozos, vómitos, orina y cerveza. Asombrosamente, el castigo que el sistema judicial de Vermont le impuso a los jóvenes vándalos fue una lección de poesía.

Jay Parini, biógrafo de Frost y también profesor de literatura, fue invitado a aplicar el ‘correctivo’, y así se enfrentó escéptico a la tarea de enseñar el camino de la poesía al grupo de ignorantes muchachos que habían desacralizado la rústica cabaña donde Frost se había mudado para sembrar manzanas y escribir, en ese orden.

Las clases de Parini giraron en torno a la obra del propio Frost, en particular dos poemas: “The road not taken” y “Out, Out”.

(“El camino no tomado” ha sido harto analizado y tiene una larga cola de interpretaciones, personalmente prefiero aquellas que rechazan el tono moralino -elegir el camino menos transitado- y se centran más en la duda que a todos siempre nos asalta ante una bifurcación -¿por dónde? ¿cuál recorrer?-, estamos condenados a elegir siempre, pero también estamos condenados a nunca saber qué hubiera pasado de haber elegido diferente… y como estamos hechos de tiempo, también estamos condenados a una limitada actualización de posibilidades de elección. Algo de eso se respira en esa lamentación de la primera estrofa “And sorry I could not travel both”. El segundo poema -tristísimo por realista, o realista por no huir de la tristeza- narra la muerte de un niño en el difícil mundo rural, donde los niños colaboran realizando trabajo de adultos -y como adulto empuña una sierra que le cercena la mano.)

La elocuencia de ambos poemas llegó, gracias a Parini, al oído interno de los chavales. El artículo cita estas palabras del profesor: “Parecía que les habían sacudido las entrañas. Una llamada de atención: no desperdicies la vida” (Justo ahora me viene a la mente el verbo que Olga Orozco usaba para definir la función de la poesía: azuzar).

Así, la poesía no fue tanto castigo como rehabilitación, cimbrando los dañados cimientos de esos adolescentes ahora menos ignorantes. Y eso es, en definitiva, un homenaje a Frost. ¿Fueron “tocados” y “heridos” por la poesía? Eso parece sugerir Parini, y eso es lo único que a Frost le hubiera interesado.

En su ensayo “Education by poetry”, poco traducido al español a pesar de su belleza, Frost señala que todo pensamiento es metafórico (jugando incluso a descubrir metáforas en el pensamiento científico y matemático). Y agrega esta revelación: “a menos de que no habites en la metáfora, a menos de que no tengas una educación poética adecuada en la metáfora, no estás a salvo en el mundo.” La educación en la metáfora (en el lenguaje, si vamos un poco más lejos y admitimos que todo lenguaje es metafórico) es un camino -otra vez la bifurcación- para habitar el mundo sin andar perdido.

Nuestras incultas y pendencieras autoridades deberían aprender de esta curiosa ‘reeducación’ impuesta por la corte de Vermont, y aplicar de vez en vez correctivos que efectivamente cimbren los fundamentos de los transgresores. Pero pocos poemas se leen en las sobrepobladas cárceles, donde el lenguaje tampoco es libre. Lo mismo sucede en las aulas.



22.7.08

Duele Tlaltenango


A Tlaltenango lo desgarró uno de sus tantos arroyos, El Jaloco, que atraviesa la ciudad de este a oeste. Cargado de las aguas que se casan infinitamente en la Sierra de Morones, el afluente destripó casas, calles, autos, animales… y ennegreció el hoy y el mañana de casi todos sus habitantes.

Llamé a P, pero la línea telefónica estaba cortada. Tampoco pude comunicarme con L y M quienes, según me dicen, se han volcado a ayudar a convecinos menos afortunados. La familia que vive en Tlaltenango está bien, todos. Tlalte, como le dicen los que conocen bien ese terruño, no se recuperará sin dejar cicatrices. No recuerdo una tragedia similar en 30 años.

Íbamos a su plaza en busca de raspados, a cenar taquitos dorados, a comer conos de cajeta en la feria de diciembre, a visitar a la familia paterna. Llegué a ir al cine y a la disco. Antes de que Internet llegara a Tepechitlán, también íbamos al ciber. En Tlaltenango eran las graduaciones de mis primos… Tepechi está a 20 minutos en carretera y soporta estoicamente esa tradicional rivalidad entre pueblos vecinos. Pero Tepechi es más pequeño, más pobre. Por eso Tlaltenango se enorgullecía de tener el único colegio privado, la única universidad -el Instituto Tecnológico Superior Zacatecas Sur con sus cuatro licenciaturas-, el único hospital y la zona comercial más activa del cañón.

Zacatecas es un estado incómodo para las estadísticas y los planes regionales. Zacatecas vive una pobreza más típica del sur siendo un estado del norte. Ese gran norte que (según dicen) tira del país, guarda justo en su centro a un estado de formas caprichosas y economía inestable. Tierra de revolucionarios y cristeros, de curas y cosechas, de desierto y nopalera. Más de la mitad de su población es rural, y su crecimiento poblacional es inferior a la media nacional porque, claro, la migración desangra a sus habitantes (su índice de intensidad migratoria lo coloca en el primer lugar nacional).

Y allí está Tlaltenango, ni siquiera entre los cinco principales municipios, pero encabezando la actividad de una zona que recoge lo que puede entre las dos capitales cercanas: Zacatecas y Guadalajara.

La tromba que inundó Tlaltenango dejó 15 mil damnificados, decenas de desaparecidos y, desgraciadamente, muertos. Entidades gubernamentales han enviado su apoyo, así como otros municipios vecinos, organizando acopio de víveres y alimentos. Los migrantes zacatecanos, a través de los clubes fundados en Estados Unidos, también colaboran.

El gobierno del Estado abrió una cuenta bancaria en Banorte para donativos económicos: número 0821020697, sucursal 821 a nombre de la Secretaría de Finanzas de la entidad. Asimismo, la Federación de Clubes Zacatecanos del Sur de California ofrece una cuenta en una institución norteamericana.

(Autoría de la imagen: Guillermo Tapia/El Sol de Zacatecas)

Etiquetas:

18.4.08

Duquesa Roja


Sanlúcar de Barrameda significó un año de intensos descubrimientos, de alguna manera estar allí me hacía sentir cerca de América, de allí partió Colón en su tercer viaje y Magallanes en su primer viaje de circunnavegación. Su puerto fue, en algún momento, una vena que comunicaba a ambos continentes.

En Sanlúcar viví, por primera vez, junto a un río. Y no cualquier río, sino ese que muere en la gran boca del Atlántico, el que va “corriendo al mar entre vergeles” -como diría Antonio Machado-: el Guadalquivir. A lo lejos, el parque de Doñana, una de las reservas naturales más importantes de Europa, se quedó siempre como una promesa, un deseo metido en el cuerpo, nunca crucé en barca, nunca busqué las ruinas del templo fenicio dedicado a Astarté (que apoya la teoría de que Sanlúcar es ese Luciferi Fanum mencionado por el griego Estrabón). Sanlúcar inició mi virgen paladar a un fruto bivalvo que desconocía: las coquinas.

También descubrí un cafecito idílico, su calefacción en el invierno y sus frescos muros en los duros veranos andaluces eran una invitación al visitante pobre: por un par de euros podía pasar la tarde allí, clavada en un cómodo sillón y con una pequeña biblioteca abierta al lector ocasional. La cafetería, la casa palacio donde ésta estaba, los libros y casi toda la historia antigua de Sanlúcar le pertenecían a alguien: Luisa Isabel Álvarez de Toledo, duquesa de Medina Sidonia.

Usar aquí el verbo “pertenecer” es lo más cercano y a la vez lo más contradictorio que pueda decirse de la duquesa. Su casa era propiedad de todos, no sólo abría sus puertas a los que, como yo, buscábamos un lugar tranquilo y un café. Abría su casa a cualquiera que quisiera pasear por sus viejos pasillos, husmear las antigüedades. Sus salones principales alojaban a estudiantes y académicos que se daban cita allí una vez al año para realizar cursos (la UNED me sedujo entonces con un curso titulado “Claves del pensamiento europeo contemporáneo”). Y, lo más importante, abría el archivo de la casa ducal (el archivo privado más importante de Europa) a todo amante de la historia. Reacia a dejar ese histórico acervo en manos gubernamentales o de instituciones elitistas, lo dirigió siempre bajo un principio, el de la generosidad. Ella y el archivo estaban al alcance de cualquiera.

Me gustaba verla por allí, delgada y fumadora, paseando sus años, sus conocimientos y su rebeldía: a pesar de su origen aristocrático su vida estuvo marcada por ideales republicanos, y su lucha antifranquista y la defensa de los campesinos tras el accidente nuclear de Palomares le valió la cárcel en los 60s. La publicación de su novela “La Huelga” la expuso a otro proceso bajo un juzgado militar. Su alias es más elocuente que cualquier dato: La Duquesa Roja.

Nada de ese pasado, que hubiera enorgullecido a cualquier librepensador y a tantos y tantos socialistas que hoy se cuelgan medallas, se reflejaba en su trato. Era amable, tímida y, sobre todo, humilde. Nunca la escuché hablar de sí misma, pero sí de las mentiras que el mundo daba por ciertas, rechazaba las historias oficiales y los mitos históricos. Quizá me aventure mucho en decir esto, pero creo que le gustaba la reacción perpleja de las personas cuando soltaba algún dato que contradecía una verdad asumida como absoluta. Tenía vocación de azuzadora, en el mejor sentido socrático.

Me parecía que irritaba a la nobleza tanto como a los círculos de historiadores, por su vida y sus afirmaciones controvertidas. Sin embargo, esa misma condición de marginalidad le concedía un status diferente, una libertad sin límites.

Esta mujer estudiosa, crítica y contestataria murió hace unas semanas. En su féretro yacía, según leí, con un libro entre las manos: “Obras Completas de Manuel y Antonio Machado”. Así, acompañada por dos amantes del Guadalquivir, se despidió la duquesa de Medina Sidonia, princesa de Montalbán, marquesa de Villafranca del Bierzo, marquesa de Los Vélez, tres veces grande de España, tres veces grande de España, tres veces grande de España.

23.2.08

De bibliotecas

Las homilías de L. H. eran la única razón que me llevaba a misa los domingos, cuando la liturgia aún tenía algo de sentido. Tras las lecturas de los textos bíblicos, crípticos por su naturaleza, el padre H. iniciaba una explicación inaudita: contextualizaba en su historicidad los acontecimientos, ofrecía vívidas descripciones de la geografía de Israel, hacía filología y hermenéutica delante de nuestros ojos. Se desplazaba entre los diferentes horizontes para traernos la comprensión de algo añejo y distante. Fue allí donde por primera vez, cuando niña, aprendí sobre los orígenes del conflicto israelí-palestino, fue allí donde se me reveló el poder de las metáforas y las alegorías. El padre H. hablaba sobre el significado del “olivo” en los diferentes textos sagrados, sobre las grandes catedrales europeas, sobre las culturas extranjeras. Asistir a misa era asistir a una clase de historia (historia de las religiones, historia del arte, historia de las culturas), a una lección de teología y geografía unidas por el amor a Dios y al mundo.

Cierta vez, en casa, L. H. nos contó que, habiendo recorrido muchas partes del mundo y visitado tantas y tantísimas iglesias y catedrales católicas, descubrió un santuario donde la presencia de lo sagrado era aplastante, donde comunicarte con Dios era mucho más sencillo, un templo que ofrecía la tranquilidad y la atmósfera necesarias para poder escucharlo… curiosamente, se trataba de un templo budista. Así era el padre H., abierto a la escucha de Dios sin prejuicios, sin juzgar si la voz provenía de una piedra, un libro, un paisaje, una catedral o un templo budista.

L. H. falleció en un accidente de coche. Lo echo de menos, creo que sería el único sacerdote al que acudiría hoy, hoy que no hay fe ni liturgia que me muevan a objetar el argumento de Ivan Karamazov de “devolver el billete.”

Hace unos días estuve en la biblioteca del padre, o lo que queda de ella. Pude hojear sus libros (la mayoría de sus años estudiantiles), fechados en París, en Bruselas, en México. Algunos estaban subrayados, con notas al margen, con pequeños boletitos del metro parisino intercalados en sus páginas, con folios de cuaderno explicando o citando algún pasaje. Libros en latín, en griego, en francés, en italiano, en español, en inglés… el padre era políglota. Tenía a Karl Rahner, pero también tenía a Borges y a Shakespeare. Ahora estoy a la espera, unas manos generosas me han prometido entregarme algunos de estos libros. Será un obsequio valioso, inmerecido, infinitamente agradecido.

14.11.07

Día mundial de la diabetes


K. tiene diabetes.

K. aún no cumple 4 años, desde hace tres años recibe insulina inyectada. Sus amorosos padres miden sus niveles de glucosa en la sangre tres veces al día, tres veces al día también recibe su dosis, esa que sustituye la deficiencia de sus células beta.

K. llora siempre que le pinchan los deditos, aunque sus padres llevan un religioso conteo rotatorio (en la mañana el pulgar, en la tarde el índice, en la noche el corazón, en la mañana del día siguiente el anular, luego el meñique y, por la noche, cuando ya no quedan más dedos de la mano derecha, toca el pulgar de la izquierda… así siempre).

K. hace cosas enternecedoras: cuando observa que alguien bebe refresco “light” pregunta “¿la tienes altita?”. A veces, cuando le prohíben comer algo que desea, comienza a saltar y pide en voz queda “bájate, bájate, bájate” como si la glucosa pudiera írsele a los pies, literalmente bajar.

K. aprende palabras nuevas con una habilidad pasmosa, canta, ríe, juega, llora, charla y, de vez en cuando, se siente enferma. Sus cambios de humor son asumidos en casa como los cambios del clima, no todos los días son soleados, pero el sol, aunque no se vea, está allí.

K. sufrió un coma diabético hace tres años pero, afortunadamente, K. vive en un país en desarrollo y tiene una familia dispuesta a peregrinar a hospitales, pediatras, endocrinos y asociaciones. Hay otros niños, miles, que ya no están aquí para aprender nuevas palabras.

K. es una luchadora, una lección para todos los que la conocemos y amamos.

K. es la niña de nuestros ojos, la única niña en una casa de adultos. Su mirada (plagiando a Pessoa) es tan nítida como la de un girasol.

Etiquetas:

5.10.07

No soy


(Imagen: Lou, Ree y Nietzsche)

No soy profesional de la escritura, tampoco profesional de la lectura. ¿Qué me da, pues, derecho a hablar sobre libros? Bien, supongo que el mismo derecho que les asiste a los que hablan de fútbol sin ser futbolistas, ni comentaristas, ni entrenadores, espectadores nomás. De igual forma creo que es posible reconocer un buen guiso sin ser necesariamente cocinero. Hay, desde luego, ciertos conocimientos que apoyan los gustos literarios, que ayudan a argumentar las jerarquizaciones. Hoy no se me ocurre acudir al bagaje, mejor admitir desde el inicio que no sé nada pero que me asiste el derecho a la ignorancia tanto como el derecho a opinar.

Opino, opino desde la barrera del consumidor, consumo libros. Son bienes que utilizo para satisfacer necesidades y deseos (tal cual, limitándome al verbo “consumir” definido por el DRAE), pero también gasto energía leyendo y gasto dinero comprándolos: Consumo. A veces compro por vicio, aunque el vicio siempre está limitado por el precio del producto.

Dos de mis últimas compras injustificadas, impulsivas, consumadas por la sola seducción del título y la contraportada (ese maldito hábito que tienen las librerías de encerrar el libro en plástico ¿no precisamos tocar el producto, evaluar el índice?) me han dejado con la resaca de subvencionar a fondo perdido: Punto de Lectura y la autora Beatriz Rivas se llevan una tajada, y la editorial Nueva Imagen y el académico Óscar de la Borbolla otro tanto.

Vale mencionar que aunque compro por vicio, mis finanzas se resienten de mis vicios. Pero, como dice mi padre, “no subestimes nunca un libro, todo libro enseña algo”. Así que algo habré obtenido de esas dos lecturas, aunque descubra el retorno de inversión más tarde.

“Filosofía para inconformes” pertenece a la colección Óscar de la Borbolla, dedicada a editar los trabajos del autor. En la contraportada se lee: “canto irónico y ajuste de cuentas con la naturaleza y con la historia”, “libro rebelde”, “desencanto festivo”, y otros adjetivos-gancho. La primera impresión, la visceral, la que te amarra a un libro, fue, traducida a la palabra escrita ¿…? Eso, marcas de interrogación sin más contenido que unos puntos suspensivos, elipsis suspendida. A medida que avanzaba pasando ordenadamente las páginas, todavía con disciplina, no pude sino ver reflejado en este texto los antiguos ensayos nihilistas de los estudiantes de mi vieja universidad. Están las juveniles obsesiones por la decadencia, el hartazgo, la maledicencia humana. El libro no es un libro rebelde, quizá el autor lo sea, pero sus palabras pertenecen a un discurso ya asimilado por el sistema: el del desencanto. Lo siento, mi veredicto desde la ignorancia es que se trata de un libro carente de chispa, de rebelión, más bien me parece un texto engolosinado en la palabra ortodoxa para un sector intelectual: podredumbre, náusea, repugnancia, obscenidad. Me quedo, siguiendo el consejo de mi padre, con un aforismo:

¿Por qué si las circunstancias son claramente más determinantes que las estrellas no hay circunstanciólogos y sí astrólogos? (Me será útil en clase, cuando vuelva a Ortega y Gasset ante ese grupo heterogéneo de estudiantes nocturnos.)

El segundo libro es “La historia sin diosas” de Beatriz Rivas. Me dejé engañar otra vez por la contraportada y tres nombres: Lou Andreas-Salomé, Hanna Arendt y Alma Mahler. Vaya, a mi edad y cayendo en las redes de la mala biografía novelada. La novela de la exasesora de comunicación de Jorge Castañeda (eso no lo supe hasta que googlé su nombre) es aburrida, nada propositiva y poco original. Su originalidad radica en descubrir, como buena aficionada a la historia, que en Europa todos los caminos se cruzan. Poco sé de Lou y Alma, pero a Arendt le he seguido la pista desde hace años, y para conocer a esta pensadora hay que evitar los diálogos ridículos que Rivas le achaca con la libertad que da la ficción. Para conocer a Arendt hay que leerla o, al menos, acercarse a “La filosofía como profesión o el amor al mundo” de Alois Prinz.

Los diálogos, los pensamientos, las situaciones que Rivas crea alrededor de estas tres mujeres empobrecen enormemente y zahieren su naturaleza. Si realmente fueron esas mujeres llenas de “seducción, rebeldía, pasión e inteligencia” como afirma la contraportada, dudo francamente que Rivas haya conseguido siquiera intuir la agudeza de sus palabras y de sus acciones. La novela termina por ridiculizarlas, ofreciendo al lector una imagen deslucida y lineal. La historicidad de las protagonistas debería ser un estímulo a la creatividad, no un obstáculo.

Quedo, pues, con dos libros que me plantean el reto de buscarles una enseñanza. Pero, estimado tú que accidentalmente llegaste a este post, no te fíes de mis comentarios, ¿quién soy yo? No soy.

24.8.07

Homofobia

Hace unos días, dentro del marco del Segundo Festival Cultural de la Diversidad Sexual realizado en la ciudad de Zacatecas, Fernando del Collado presentó su último libro "Homofobia. Odio, crimen y justicia 1995-2005). El evento fue muy significativo por dos razones:

Primero, que un festival de esta naturaleza se lleve a cabo en una ciudad tradicionalmente conservadora dice mucho de la disposición de la sociedad y de las autoridades para asumir la integración (o, como primer paso, la tolerancia) de las minorías sexuales. Segundo, que Fernando del Collado haya sido agendado en el programa significa que, más allá del reconocimiento de la diversidad, cabe recordar a las personas victimadas por ejercer una sexualidad diferente.

Fernando es un buen periodista, sensible siempre a las innumerables injusticias que recorren el país. Por la amistad que nos une y por la relevancia de su investigación y la calidad del texto publicado por Tusquets, me apunté humildemente a la presentación del libro.

Adjunto aquí el textito pronunciado hace unos días:

Cuando se me pidió que presentara “Homofobia” de Fernando del Collado, sentí una responsabilidad poco grata, porque este es un libro que no se deja reseñar, como no se pueden reseñar la impotencia y la apatía. Pero, al mismo tiempo, porque no se trata de un libro fácil, porque sus páginas exigen al lector una gran dosis de entereza para no soltarlo vencidos por el dolor y la frustración, hablarles de él, del libro, me supuso un reto inestimable, pues me permite contribuir de alguna manera a la difusión de este valioso trabajo de investigación que, lejos de ser sólo una “ofrenda solidaria en memoria de las víctimas de la homofobia” como el propio Fernando lo califica, sus páginas se convierten en una denuncia clara, abierta, dura y pública contra el fracaso de nuestra sociedad en aceptar al otro, a los que ejercen una sexualidad que desafía los moralismos imperantes, y es, sobre todo, una denuncia contra el fracaso de nuestras autoridades a la hora de tratar con justeza –no ya la vida- sino la muerte, de los homosexuales.

Los dos poemas que abren la lectura son, por sí mismos, una declaración de principios. Fernando eligió a Eugenio Montale, ese poeta italiano que dio voz a la crisis del hombre contemporáneo y que hospedaba en su casa a escritores perseguidos por la inquina fascista en la Segunda Guerra Mundial; y eligió también a Arthur Rimbaud, el poeta maldito, el proscrito. Así, este libro cobija, con nombres y apellidos, a seres desterrados de la justicia, Fernando los trae de vuelta, como una punzante herida que nos debe sangrar a todos.

“Homofobia, odio, crimen y justicia” documenta los crímenes contra homosexuales con el celo, la dedicación y la sensibilidad que no tuvieron las propias autoridades policiales para indagar los asesinatos de esta minoría vulnerada hasta en la muerte.

El desprecio, la anulación, el rechazo, la discriminación, la impunidad, el odio, el desinterés, la indiferencia, la estigmatización y el miedo dejan de ser conceptos para convertirse, tristemente, en realidades que se cobran víctimas inocentes. Y cerrando esa cadena de brutal animadversión, la pesada losa del olvido. Contra eso se levantan estas páginas, Fernando no sólo recupera la memoria de los olvidados, de sus deudos, la voz de madres y amantes huérfanos, de familias rotas; también -y esa es la más valiente contribución de esta edición- nos abre los ojos ante situaciones que preferiríamos desconocer, porque una vez sabidas, nos sobreviene una muda culpa y la urgencia impostergable de actuar.

El libro es una ventana a la homofobia institucional, legal, judicial, que deja latir en el subsuelo una homofobia social y cultural que permea nuestro mundo mexicano abotargado de prejuicios –y aquí Fernando escribe sin concesiones-: “A los homosexuales se les prejuzga de origen. El serlo ya es condenable, pareciera como si el tener una orientación sexual diferente fuera en sí mismo un delito y su asesinato no fuera sino la consecuencia de esa ‘degeneración’.”

No voy a repetir aquí las vergonzantes cifras, este libro humaniza cualquier estadística. El porcentaje de los crímenes que permanecen impunes roza lo inverosímil; pero más sorprendente aún, si cabe admirarse ante este panorama tan desolador, es la férrea voluntad judicial de etiquetar estas muertes como “crímenes pasionales” en un indignante intento simplificador que les ahorra muchas pesquisas y diligencias. El crimen se minimiza y termina por perder toda la violencia y la aversión que lo originaron. Tipificar los crímenes de odio en el Código Penal federal es una exigencia que empapa cada una de las líneas de este texto.

Reconocer los crímenes de odio es reconocer que en México se comenten agresiones, delitos y crímenes cuyas víctimas están señaladas de antemano por su orientación sexual, género, religión, raza y discapacidad física entre otras categorías. Estas minorías son ignoradas por nuestra legislación. Así, el sistema jurídico se une al sinnúmero de exclusiones que determinan sus vidas. Fernando descorre el velo de los llamados “crímenes pasionales” para mostrarnos la saña, la tortura, las vejaciones que caracterizan las muertes por homofobia.

Hay que decirlo, tipificar el crimen de odio les devolvería a las víctimas algo de la dignidad que les fue arrebatada, pues esta minoría sexual no sólo vive una vida sometida a prejuicios, también las causas de su muerte se prejuzgan, se juzgan de antemano contribuyendo a una doble condenación: por su manera de vivir y por su manera de morir.

La imagen que Fernando nos ofrece de las oficinas centrales de la procuraduría capitalina, que aloja el archivo central de los expedientes judiciales, donde centenares de averiguaciones previas se amontonan en el suelo, carpetas apiladas en los pasillos, arrinconadas en los escritorios, olvidadas en las estanterías… esta imagen es una negra analogía de la situación que viven los homosexuales: igualmente arrinconados, olvidados, postergados sus derechos.

Fernando realizó un recorrido por la vida de algunas de las víctimas y de sus verdugos, por el aciago camino de las averiguaciones previas plagadas de prejuicios, de lagunas, de omisiones, de incapacidad e incompetencia. Él ha hecho el trabajo sucio, ha estado donde nadie antes había estado, desafió las trabas burocráticas y se sumergió en el mar de expedientes que develaban, para cualquier ojo adiestrado en la defensa de los derechos humanos, la desgana y la apatía en los procesos cuando el victimado se trataba de un homosexual. Ahora nos toca a nosotros hacer otro tipo de trabajo: una reflexión profunda sobre el desempeño de nuestras autoridades a la hora de esclarecer los crímenes por homofobia, tomar grave conciencia del desamparo en que se encuentran estas minorías, frente a la ley, frente al resto de una sociedad que tolera e incluso promueve la violencia contra las minorías, donde la discriminación se practica desde los poderes institucionales y desde los poderes fácticos como lo son la Iglesia, los medios de comunicación, la opinión pública y los partidos políticos.

De poco servirá impulsar reformas legislativas si la discriminación sigue presente en nuestros hogares, si la sociedad no amplía su concepción de las relaciones humanas, si seguimos sancionando la diversidad. Los mexicanos necesitamos reconciliarnos con nuestro cuerpo, aceptar la existencia y el ejercicio de un eros libre de implicaciones negativas, debemos buscar la realización de aspectos vitales de la libertad –como es el ejercicio de nuestra sexualidad- sin sufrimiento, pues, como afirma el filósofo francés Michel Onfray: somos soberanos de nuestro cuerpo, y eso es, quizá, lo único que nos pertenece cabalmente.

Este reportaje ensayístico viene a azuzarnos, abre una pregunta que no puede, no debe dejarnos impávidos: ¿Qué estamos haciendo para detener estas brutales vejaciones? ¿Qué estamos haciendo para erradicar el mal –no de la homosexualidad, como algunos lo llaman- sino el de la intolerancia? El odio se cobra muchas víctimas.

Sin embargo, dentro de este escenario pesimista, este libro es también un reconocimiento a la épica labor de algunas organizaciones como Aquesex (cuya dedicación para educar en la sexualidad es invaluable), el colectivo Sol y el ENAH (esforzados en recabar los testimonios de vida de los homosexuales), la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia y otras dependencias pro derechos humanos que no han cesado en su labor de marcar la diferencia.

Tengo el honor de conocer a Fernando del Collado desde hace años, sé que tuvo que acallar el dolor de documentar la impunidad para poder hacerla pública. No puedo imaginarme el catártico proceso que vivió al escribir este libro, creo que él mismo desconoce el alcance que su trabajo tiene y hasta qué punto la lectura de su libro modificará las preconcepciones de muchos y, si se abren cielos más claros, promoverá y alimentará la discusión de temas acuciantes. Gracias Fernando, por tu profesionalidad, por tu escritura, por las horas de investigación, por los testimonios, por ofrecernos –creo que por primera vez en el país- un libro que documenta los crímenes por odio y, sobre todo, gracias por pelear contra el olvido.




Etiquetas: